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Por: Rebeca Resendiz y Abdi Martinez

La alarma suena desde temprano, Raúl sabe que ya es hora de levantarse para salir a trabajar como todos los días, busca entre sus pocas camisas alguna que no esté tan descuidada y cubre sus pies con los únicos tenis que por más que ha remendado, reflejan la urgencia de conseguir unos más nuevos, además tiene tiempo de hacer su cama, acomodar las pocas cosas que se encuentran en su habitación y buscar en la mesa algo para desayunar.

Después del medio día sale de su casa, antes toma su bastón para caminar por las calles de Coacalco y pedir una ayuda a los transeúntes, ya que a pesar de tener una carrera como técnico en mecánica hidráulica, Raúl se gana la vida pidiendo monedas, debido a que hace 4 años perdió la vista a causa de un desprendimiento de retina, producto de la diabetes.

Aunque cuenta con el apoyo de sus hermanos, ha tomado la decisión de valerse por sí mismo para no figurar como una carga más para su familia. Así como Raúl, un hombre de 61 años, existen diversos casos en el municipio de Coacalco sobre aislamiento de las personas de la tercera edad de su núcleo familiar por la independización económica.

Según los Resultados de la Encuesta Nacional sobre Discriminación en México (ENADIS), poco más de un millón de adultos mayores viven sin compañía o completamente solos; el 43.3 por ciento de la población indica que los principales problemas son económicos; 37.3 por ciento tiene alguna enfermedad y el 25.9 por ciento son problemas laborales, se sabe que cinco de cada diez personas de la tercera edad no trabajan y se dedican al hogar, mientras que dos de cada diez están pensionadas, como es el caso del Señor Rafael, un hombre de 85 años, que nació el 4 de septiembre de 1932 en la ciudad de México.

Actualmente prefiere la soledad antes que irse a vivir con alguno de sus cuatro hijos, quienes rebasan los treinta años, y aunque cuenta con una pensión, a diario se le ve en la puerta de su hogar esperando a que pase alguna persona y llamarla; se escucha un grito: “¡Disculpe!, ¿va a la tienda?, ¿podría regalarme algo de comer?”, algunas personas se acercan a socorrer la necesidad, mientras que otros lo ignoran o le niegan la ayuda.

Habita en la colonia Villa de las flores, Coacalco de Berriozábal, calle Mirtos, 3ra privada de Rocíos, Mz E.4 Lt 21.B #344.

En esta localidad, se ubica una casa mediana y ligeramente descuidada, con un patio de aproximádamente cinco por tres metros, al adentrarse en la casa, cerca de la primera puerta se encuentran un tanque de gas y un calentador instalado, sin embargo, no tienen uso y están oxidados. Más adelante y entre la oscuridad, está la cocina que con trabajos puede apreciarse, aún en pleno día.

Enseguida, una sala muy amplia, sin embargo, no hay muchos muebles; un conjunto de sillones de madera sin cojines, una grande mesa circular y un

mueble antiguo que solo guarda en él una pequeña televisora. La casa cuenta con un baño y aproximadamente tres habitaciones igual de semivacías.

“Es una tristeza básicamente, así como usted, mis vecinos me han socorrido, cuando no recibo comida y no tengo dinero, las personas de la tienda me fían y así es como me alimento, regalado, fiado y comprado”.

Algunos vecinos cercanos afirman que cuando pueden, le llevan comida una vez por día, no es diario, pero lo frecuentan, mismos quienes en ocasiones lo visitan para hacerle una limpieza mínima a su hogar, como tirar basura, limpiar la mesa o barrer su sala.

“Recuerdo que llegamos a vivir aquí en el año 72 o 74 aproximadamente, yo llegué con dos de mis hijos, muy pequeñitos, los otros dos se formaron aquí.

En mi vida como joven, me desarrollé en tres distintas profesiones, recuerdo que mi padre y mis tíos eran pintores de casas, a mí me llevaban los fines de semana para barrer, de repente me dejaban dar mi brochazo, pero nada más iba a eso, a barrer. Después tuve la oportunidad de entrar a una fábrica en la cual duré casi diez años, ahí hacia las bases para los medidores, más adelante me dediqué a ser ayudante de electricista, tuve la fortuna hacer mis propios trabajos, y tener gente a mi cargo.

Eso es lo que he hecho en toda mi vida, ahora ya no me dan trabajo; tengo deseos, pero pierdo el tiempo, ya que no me reciben por la edad, ¡para qué le hago al cuento!”.

Sin embargo, el señor Rafael no siempre estuvo solo, ya que hace cuatro años perdió a su esposa llamada María Luisa Figueroa Rendón. Afirma que cuando ella vivía, ninguno de sus hijos frecuentaban visitarlos, de alguna forma se ha acostumbrado a la soledad y prefiere estar en su casa para evitar preocupaciones de cualquier tipo con su familia, no obstante, menciona que solo tiene un disgusto con una de sus hijas, quien se encarga de cobrar la pensión.

“Ya no quiero que ellos cobren mi pensión, sé que lo que me traen, no es lo que yo estoy ganando, les he peleado el dinero, pero sale lo mismo, Dios me perdone, pero tengo el temor de que mis hijos están abusando, a veces me traen $700 a $800 o pesos o me compran una despensa y me dejan $200, ¿con el demás dinero qué hacen?, por eso quiero quitárselos, arreglar mis documentos y yo hacerme cargo”.

A diferencia del señor Rafael, Raúl Vargas nunca se casó y tampoco tuvo hijos, pero esto nunca fue un impedimento para solventar sus gastos puesto que, gran parte de su vida se dedicó a trabajar en el mercado de Villa de las Flores. “Trabajaba aquí en el mercado en los años ’70s sacando la basura, no vivía muy bien pero tampoco me quejaba, prácticamente salía para la comida. Pero mi vida cambió hace 4 años cuando perdí la vista. Traté de buscar una solución, ya que de un día para otro la veía difícil”.

Con la ayuda de su hermana buscaron alguna institución que les brindara un apoyo médico. “Mis retinas se desprendieron, y en Coacalco nos dieron un apoyo a las personas con problemas de la vista, nos llevaron a la fundación Televisa para que nos revisaran. Lo malo es que después de que me revisaron, los doctores me dijeron que no había solución, ya que el problema era muy avanzado; buscamos otro lugar, fuimos a un médico particular y nos dijo que aún tenía remedio, pero la operación de cada ojo era de treinta mil pesos”.

Con pocas esperanzas y con la idea de que prácticamente su vida no volvería a ser la misma, acudió a las oficinas municipales del Desarrollo Integral de la Familia (DIF) para recibir un apoyo económico ya que no podría trabajar como lo hacía antes. Al cabo de 2 citas, le solicitaron documentos básicos (acta de nacimiento, CURP, comprobante de domicilio, etc.) para brindarle una despensa mensual.

No obstante, comenta que tardó más en tramitarla que en beneficiarse de ella, dado que sin explicación alguna por parte de la institución, de un día para otro dejando de dársela.

Por otro lado, Don Rafael relata que no ha tenido la oportunidad de asistir a alguna fundación que lo pueda beneficiar, incluso que puedan ayudarlo jurídicamente con la petición personal de su pensión. “Quiero que me asista el DIF, que venga una persona y se encargue de mí en ese aspecto, pero se me dificulta demasiado por distintas razones; me cuesta trabajo caminar, necesito saber qué documentos solicitan, y lo malo es que mi hija me deja encerrado”.

Esto ha llevado a que la vecina trasera tenga las llaves de su casa, porque aunque aparente estar a salvo dentro de su hogar, ha tenido diferentes percances. “Una vez, un hombre me rompió el vidrio de la ventana para poder entrar, yo le grité a mi vecina, en cuanto él entró, fue a ver los cuartos, regresó y me tomó del cuello, por fortuna mi vecina llegó, el tipo me soltó y los dos se encontraron en la puerta, el salió y mi vecina entró; Mi hija me deja encargado con ella, pero pues casi no está”.

Si bien el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM), estipula en la Ley de los derechos de las personas adultas mayores que: De manera enunciativa y no limitativa esta ley tiene por objeto garantizar a las personas de la tercera edad, una vida con calidad donde las instituciones públicas, la familia y la sociedad deben garantizarles el acceso a los programas y posibilitar el ejercicio de este derecho.

Sin embargo, estos derechos ni obligaciones se acatan de forma responsable. Así como en los casos de Rafael y Raúl, existen miles de personas de la tercera edad que viven en una misma situación o en peores circunstancias, lo que conlleva a la pregunta, ¿ser viejo es estar solo?