Foto: Volkan Ölmez @ unsplash.com

Por: Airam Erandi Chávez Brigido

En una noche de esas comunes en la que las cosas importantes dan igual, un escritor caminaba por las calles de Madrid, después de salir de un pequeño bar donde los miserables van a descargar sus penas. Los faroles alumbraban su andar mientras él se sumía en sus pensamientos en busca de algo que lo motivase a no dejar morir los versos que le daban vida a su literatura.

Las noches ya eran difíciles, no dormía por idealizar lo que su pluma anhelaba escribir sin tener resultado alguno. En esa noche, algo mágico pasó: después de largos días sin dormir, el cuerpo de aquel escritor pidió un descanso, se sumió en un profundo sueño casi real para él.

Dulce y amargo era ese momento. Se sentía en el espacio y sin aliento cuando la vio; hace mucho que no sentía aquel sentimiento que, hasta ese instante, no comprendía, y entendió el sentido de su inspiración al verla. Se acercó a ella, parecía tan frágil y no por su delgado cuerpo, sino porque al ver sus ojos cafés, vio el reflejo de su alma. Sus labios emitieron un sonido punzante: “tú escritor, ¿cómo puedes ser feliz si escribes tu dolor entre líneas?”. Aquella pregunta se adentró en su corazón, provocándole un hueco que se convertía en presión. Despertó de aquel sueño desconcertado por lo que había visto y lo que esa mujer provocó con sus palabras. Sin esperar a que el efecto de ese embriagante sueño se le pasara, tomó su cuaderno y comenzó a escribir sobre ella.

Pasaron algunas noches, era imposible sacarla de su mente, se había convertido en su musa, cada noche lo visitaba y repetían las mismas palabras: “tú escritor, ¿cómo puedes ser feliz si escribes tu dolor entre líneas?”. Noche tras noche despertaba mareado por los sueños y lo que escribía después ya no eran solo fantasías, sino su realidad y deseos. Realmente quería conocerla, no podía quedar en un simple sueño.

Durante varias noches lo visitó y él la convertía en poesía. Ella era su salvación para que no volviera a naufragar de nuevo en el olvido de sus frases. ¿Cómo borrarla de su mente si era su inspiración sin nombre?

Una noche, cuando salía del bar distraído y un poco delirante, vio una silueta y decidió seguirla. Su corazón palpitó tan rápido que sentía que se saldría de su pecho pues parecía ser la mujer con la que cada noche soñaba, cuando por fin logró alcanzarla, pudo ver su belleza. Ahora no era un sueño, la tenía frente a él, pero aquellos ojos cafés no permitían ver su alma, sino que transmitían dolor. La mujer de la que se había enamorado caminaba siempre por las mismas calles y esa noche tuvo la fortuna de encontrarla; no dudó en decirle que ella era su inspiración de noche a madrugada y que la duda de aquella pregunta que siempre le hacía lo estaba matando, entonces ella dijo:

—En algo somos iguales, los escritores y las prostitutas no podremos ser felices—. No entendió por qué se lo decía y ella continuó diciendo—: Nuestro trabajo nos obliga a dejar una parte de nuestra alma en lo que hacemos, tú en los versos y yo en los cuerpos, estamos condenados a hacer felices a otras personas con nuestro dolor.

El escritor simplemente se marchó y no dijo ni una palabra de lo que ocurrió esa noche. Aún la soñaba, se había enamorado de ella, pero solo quedó en eso, un sueño que jamás lograría hacerse realidad. Al despertar de sus sueños, repasaba esas palabras que ella decía y en lo que dijo en la noche que la conoció. Tal vez tenía razón, pero no compartía del todo su idea de ser infeliz por siempre. Sabía que hay felicidad aun en el dolor; la mujer se había convertido en la felicidad del escritor; lástima que ella no lo vio así.